Antes de sumergir al marrano en el océano, resultaría prudente clasificar, en un sentido humano, y atendiendo a la gran variedad que circula por el mundillo de las preguntas, las distintas clases de marranos que hay, con el fin de esclarecer qué clase de marrano es el que nos interesa en este espacio. Esta clasificación es, obviamente, arbitraria, y en ningún caso se pretende otra cosa.
-Marrano pedante: éste es uno de los clásicos marranos del mundillo filosófico. Se caracteriza por valerse de terminología técnica innecesaria, mostrando que conoce según qué cultismos, encubriendo en realidad con ellos el gran vacío que hay detrás. Es el tocino impotente, el inepto creador disfrazado de ser elevado e inaccesible. Éste no es, naturalmente, el marrano que nos interesa echar al agua.
-Marrano listillo: también éste frecuenta los círculos intelectualillos. Nos encontramos ahora frente a un tocino muy curioso. Suele ser de respuesta rápida, tan rápida que ni él entiende, o tan rápida que es tonta. Tiene respuesta para todo, pues o bien echa mano de un ingenio aparentemente eficaz, o bien rerecurre al arsenal de respuestas o discursos prefabricados para aparentar algo que en realidad no es. El problema le sobreviene cuando su interlocutor le conoce lo suficiente como para identificar una respuesta ya dicha anteriormente. Es un tocino que, a la larga, termina repitiéndose. Su monotonía mental lo condena pues, al barro del que nunca saldrá. Listillo, tampoco tú nos acompañarás en la aventura.
-Marrano de mundo: qué pesadito se puede llegar a poner esta clase de tocino, por Dios. Hablamos ahora de un cerdo impecable, que está de vuelta de todo, que de todo él ha vivido lo máximo, para todo tiene su aventurita inventada o no que poder contar. Si yo he estado en Roma, él ha chupado cada piedra del puñetero Coliseo, cómo no. En este grupo podríamos incluir a los marranos maduros o de avanzada edad. Esos que, a falta de otros recursos, recurren a su edad para justificar que su postura y su visión tienen más peso que la tuya. Parecen no tener en cuenta que existen viejos estúpidos. Pero claro está, el estúpido nunca se reconoce como tal. Ahí os quedáis, sin aventurita.
-Marrano erudito: cuánta obsesión por el saber tienen algunos. Tanta, que llegan a encerrarse en bibliotecas incluso para no volver nunca a ser tocados por el sol. Tanta es la cantidad de datos enciclopédicos que pesa sobre ellos, que han olvidado quiénes son, y a todo responden con ideas de otros. Son capaces de citar mil libros en cualquier ocasión, pero incapaces de decir algo propio. Es el tocino-rata de biblioteca, al que le importa más la cantidad de saber que la calidad de su sabiduría. Púdrase tu empolvado corazón, tocino de papel, que a mí me va el jamón.
-Marrano políticamente correcto: cuántos tocinos de esta calaña. Son los tocinos del pensamiento único, los que recurren a las mismas frases de siempre que hoy día parecen irrefutables, sostenidas en los valores que también hoy día se aceptan por buenos sin saber muy bien de qué se está hablando, como igualdad, justicia, libertad, respeto, tolerancia, etc. Qué aburrido es su discurso, no hay Dios que los aguante. Eso sí, entre ellos se aguantan de maravilla. Aquí podríamos incluir al “marrano-majo”, el simpático de turno.
“-¿Qué tal es?
-Bien. Es majo.”
La de veces que puede oírse un diálogo así. Y no hay palabra más vacía que la palabra “majo”.
-Marrano niño: es el marrano de honesta curiosidad. Hablamos ahora del puro cerdo que existe por y para sí, del agujero negro de su propio lodazal, de la criatura de tiernas paletillas que chapotea en el barro, que salta para ver qué hay más allá de las fronteras de su granja. A ti, cerdito de delicado morro, a ti, amiguito de las bellotas y de las flores primaverales, a ti te vamos a coger del pescuezo y te vamos a meter hasta la más profunda oscuridad oceánica. Vas a comer barro de verdad, tocino enano.
Pero quizá, y de ti depende, sólo quizá, sepas descubrir tu propia valía en las trampas del pensamiento que tan extrañas te resultan ahora. Sabrás entonces lo que es el auténtico barro, y sabrás entonces de qué estás hecho.
Y ahora dime, visitante, ¿encajas en esta tipología? ¿o conservas todavía tu buen jamón?